Iom Kipur: El secreto del perdón

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Este año recibí dos llamados que me estremecieron profundamente.

El primero llegó en una hermosa mañana de primavera, cuando me estaba yendo al trabajo. La voz era aguda y frágil. Era un hombre que conocí en la escuela secundaria y que sufría una agresiva forma de cáncer. No habíamos hablado en muchos años. ¿Qué quería de mí?

Él me explicó que estaba solo en el hospital, sin familia alrededor para hacerle compañía, y había empezado a recordar su vida. Pensaba que probablemente ese sería su último año de vida. Se le ocurrió que durante los años que compartimos en la escuela me había causado mucho dolor y angustia. Me llamó para pedirme perdón.

El segundo llamado lo recibí hace unos días. Era un amigo de la infancia que me llamó para pedirme perdón por una nota que había puesto dentro de mi escritorio en quinto grado. Allí había escrito que él me odiaba y que no quería tener nada que ver conmigo. Le pregunté por qué me llamaba ahora y me respondió que se estaba haciendo mayor y le costaba encontrar una esposa. Empezó a recordar su vida para ver si había algo que pudiera estar dificultando que él empezara una familia.

Les aseguré a ambos que los perdonaba y les desee salud y éxito en todos sus emprendimientos.

Lo que más me sorprendió de estas llamadas fue que aunque me resultó relativamente fácil decir “te perdono”, fue mucho más difícil perdonar internamente y olvidar lo que había pasado.

¿Dejé realmente atrás el dolor y el sufrimiento que ellos me habían causado?

¿Cuál es el secreto del perdón?

La clave del perdón radica en la habilidad de identificar a las personas con su belleza y virtud interior.

Es entender que las personas hieren porque ellas fueron heridas.

Es reconocer que aunque las acciones pueden ser terribles e inexcusables, los perpetradores de tales acciones no deben quedar para siempre definidos por sus errores.

En vez de eso deben ser apreciados por quienes son realmente: un hermoso ser humano creado a la imagen de Dios, con virtudes y cualidades únicas.

¡Por supuesto que esto no significa que todas las acciones sean excusables! Dios no lo permita.

Pero sí significa que, salvo algunas pocas excepciones, se puede llegar a encontrar un espacio de entendimiento y perdón.

Tenemos que empezar a mirar más allá de los actos y prestar atención a la esencia de las personas.

Tenemos que preguntarnos a nosotros mismos: ¿Qué puedo encontrar bello en esta persona?

¿Qué puedo encontrar puro en ella?

¿Qué puedo ver en ella que sea parte de lo Divino?

¿Cómo puedo entender que lo que esta persona me hizo no fue un reflejo de quién ella es realmente?

Solamente cuando analizamos y buscamos respuestas a estas preguntas podemos verdaderamente empezar a transitar el camino del perdón.

A medida que nos acercamos a Iom Kipur, cuando pedimos perdón a Dios, debemos recordar que la forma de asegurar ese perdón es perdonando sinceramente a los demás.

Si miramos por encima de las deficiencias externas y las transgresiones, enfocándonos en cambio en la belleza interna y en las cualidades de nuestros hermanos y hermanas, Dios seguramente hará lo mismo por nosotros.

Que tengamos la sabiduría y el coraje de perdonar sinceramente y que a cambio seamos perdonados por Dios.

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